Las redes comunitarias han hecho realidad el acceso a Internet para miles de latinoamericanos que habitan zonas consideradas de vulnerabilidad económica y social. Allí, donde no llegan las grandes compañías con sus fibras y equipos inalámbricos, estos proyectos sociales han permitido a muchas personas conectarse a Internet y evitar ser relegados también del mundo digital.

Atalaya Sur, nacida en 2014, es una de las iniciativas surgidas en la región para abordar la problemática de falta de acceso a Internet. Impulsada por la organización social Proyecto Comunidad, Atalaya Sur logró democratizar el acceso a Internet y llevó conectividad a los habitantes de una villa porteña (Villa 20) y de dos localidades jujeñas (La Quiaca y Cieneguillas) en Argentina.

Por su exitoso desempeño, este proyecto resultó distinguido con el premio Frida 2018. Manuela González, integrante de Atalaya y de la organización Proyecto Comunidad, consideró que el aspecto social de una red comunitaria es fundamental, ya que las mismas personas que usan la red, la construyen y asumen el compromiso de mantenerla y hacerla crecer.

¿Cómo nace el proyecto Atalaya Sur y cuál ha sido su evolución desde sus comienzos?

Nosotros no veníamos del ámbito de la tecnología, pero por nuestra experiencia entendimos que debíamos abordar la problemática porque el acceso desigual, tanto en términos materiales como simbólicos, profundiza las desigualdades que ya existen en términos estructurales y porque entendemos que la comunicación es un derecho humano.

Desarrollamos tres líneas de trabajo abordando: (a) la problemática de la apropiación tecnológica desde las dimensiones del acceso, la distribución no comercial de internet y la producción de conocimiento a través del desarrollo de redes comunitarias de conectividad en poblaciones que actualmente no acceden o lo hacen en forma restringida; (b) la producción de contenidos y la generación de plataformas locales para la difusión y participación de la comunidad; y (c) el fomento de vocaciones tecnológicas a través de cursos y talleres de capacitación en el uso de tecnologías de la comunicación y la información, telecomunicaciones, programación, robótica e impresión 3D.

El proyecto comenzó en la Villa 20 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un asentamiento en el cual habitan más de 30.000 personas en situación de gran vulnerabilidad económica y social. Allí, así como no existe una red de servicios básicos tampoco existe la posibilidad de contratar un proveedor legal de internet. Con la idea de lograr el acceso asequible de la población a Internet y a las TIC, se desarrolló una red WIFI pública, libre y gratuita que cuenta con 27 puntos de acceso ubicados en las principales calles del asentamiento. Allí se desarrolló el portal www.villa20.org.ar y se consolidaron espacios de capacitación en TIC al servicio de la producción de contenidos locales.

La planificación e instalación de la infraestructura, la cual combina el uso de fibra óptica y radiofrecuencia, estuvo acompañada por capacitaciones en redes destinadas a jóvenes del barrio. Esto permitió consolidar un equipo técnico que da soporte a la red y cuya formación tributó a la replicabilidad de la experiencia en otros territorios.

En 2016 se comenzó a trabajar en la región Puna de la provincia de Jujuy, en donde las comunidades tenían un acceso extremadamente limitado a Internet debido la falta de inversión de las grandes empresas de telecomunicaciones.

Se desarrolló la Red Social Chaski, una intranet comunitaria que a través de una combinación de infraestructura en telecomunicaciones y desarrollo de plataformas en software libre permitió la construcción de un medio de comunicación local con una fuerte impronta educativa, tecnológica y cultural. La infraestructura fue desarrollada por jóvenes de la Villa 20 y miembros de las comunidades.

Luego, en 2017, la Red Chaski llegó a la localidad de Cieneguillas, un pueblo de 450 habitantes a 35 kilómetros de la ciudad La Quiaca, el cual no contaba ni siquiera con telefonía. La conectividad de esta localidad implicó la organización de múltiples actores de la comunidad frente al desafío técnico que implicó la instalación de dos saltos (alimentados por energía solar) en dos cerros. Actualmente en Cieneguillas, con la contribución de la comunidad local, pudimos contratar un servicio de Internet.

 ¿Cuáles son los principales aportes del proyecto?

El aporte fundamental de esta experiencia es la creación de un modelo exitoso de conectividad que permite ser replicado en otros asentamientos y territorios.

El proyecto permitió la incorporación de jóvenes de entre 18 y 25 años como equipo técnico de la Red Atalaya Sur. Esto significó no sólo garantizar un equipo que pueda realizar el mantenimiento y soporte de la redes, sino además implicó formarlos profesionalmente, brindándoles nuevas oportunidades de empleo. Jóvenes que por el contexto en donde viven difícilmente hubieran podido acceder a este tipo de conocimiento.

En Villa 20 se avanzó en capacitaciones a los vecinos en autoconexión y soporte básico de la redes, lo que permite una detección de los problemas técnicos que pudieran haber. Este proceso comunitario que se viene trabajando, tributa en el cuidado y sostenimiento de la red.

Actualmente estamos avanzando en la conexión domiciliaria de Villa 20 y en el desarrollo de un esquema de sustentabilidad que posibilite llevar la conectividad a otros barrios.

Las redes comunitarias tienen un componente humano que va mucho más allá de la tecnología empleada, ya que implican el involucramiento y compromiso de la comunidad. ¿Es esta la clave del éxito de las redes comunitarias?

El desarrollo de redes implica un fuerte trabajo territorial. Por nuestra experiencia, estamos convencidos de que cualquier proyecto de conectividad comunitaria requiere de la organización de las comunidades, de sus necesidades e intereses y de procesos de apropiación de la tecnología.

Internet debe ser un servicio público y debe estar garantizado para todos y todas. Para eso hay que incluir actores que hoy no están incorporados. Pero también es necesario que la comunidad pueda asimilar el impacto de la tecnología a partir de referencias territoriales, de instituciones intermedias como centros educativos u organizaciones sociales, de manera que la tecnología sea utilizada como reivindicación territorial y no como barrido cultural, que sirva para potenciar lazos comunitarios que existen y no para sustituirlos como una comunidad virtual insustancial respecto a sus raíces sociales.

Lo interesante es apoyarnos en las tecnologías de telecomunicaciones para la constitución de un espacio público, un espacio de participación irrestricto de los vecinos y vecinas.

En este tipo de redes, el aspecto social es fundamental. Las mismas personas que usan la red, la construyen y es compromiso de toda la comunidad que la misma se mantenga y que pueda crecer. El objetivo es empoderar a las comunidades en el acceso y uso de la tecnología.

¿Por qué que las redes comunitarias han tenido éxito en zonas de América Latina y el Caribe donde las grandes compañías de telecomunicaciones no expandieron sus redes?

Las redes comunitarias vienen a resolver el problema de cómo conectar a aquellas poblaciones que no han sido de interés comercial para el mercado y que tampoco han sido alcanzadas por una política pública.

Los altos niveles de concentración de mercado de las telecomunicaciones y la lógica interesada de la comunicación monopólica y unidireccional, puestos en relación a la importancia de las redes digitales en la construcción de esfera pública, hacen necesario generar experiencias de redes comunitarias de conectividad en aquellas localidades que no han sido de interés comercial para el mercado.

Existen vastos territorios y comunidades desconectadas. Este es el caso de las comunidades rurales pero también de los asentamientos más pobres ubicados en los grandes centros urbanos que si bien están situados en las jurisdicciones con mayor nivel de penetración de la banda ancha a nivel nacional, por su condición de extrema vulnerabilidad económica y social no acceden a proveedores legales de internet, ya que no los consideran rentables, ni tampoco aplican a los requerimientos de los aportes no reembolsables del Servicio Universal.

Si bien las redes comunitarias vienen a resolver el problema de la accesibilidad, es necesario destacar la necesidad de políticas públicas que posibiliten la conectividad de las poblaciones desconectadas. Es obligación de los Estados, a través de sus órganos reguladores de telecomunicaciones, los que tienen la responsabilidad de garantizar la conectividad en zonas donde no la hay.

¿Cómo resultó la experiencia de participación en el taller sobre redes comunitarias coordinado por FRIDA en el Foro de Gobernaza de Internet?

Fue de especial interés la sesión en la que pudimos compartir nuestra mirada desde las redes comunitarias junto a los financiadores e interesados. Allí pudimos dar a conocer una propuesta superadora a la existente hasta el momento sobre el financiamiento, a partir de la cual, frente a la escasez de recursos, se puede direccionar el financiamiento al fortalecimiento de las redes comunitarias en su conjunto sin dejar propuestas de lado. Destacamos el gran aporte que puede realizar un colectivo de redes comunitarias, que tiene un contacto diario con las necesidades locales, en la mejor asignación de recursos por parte de los financiadores. El financiamiento es un punto muy importante para nosotros ya que en la actualidad buscamos reemplazar la tecnología inalámbrica en Villa 20 por fibra óptica. Esta decisión responde a desarrollar un modelo tecnológico innovador en el campo de las redes comunitarias, el cual incluye un proceso de capacitación del equipo técnico local y vecinos y vecinas de la comunidad. Además, en asentamientos de estas características, densamente poblados, con precarias condiciones eléctricas y edilicias, en donde se destaca el uso de chapas de zinc y hormigón sin ventilación, el uso de fibra óptica permitirá una menor dependencia del servicio eléctrico, garantizando una mayor calidad y estabilidad en la red. Por otro lado, entendemos que la apropiación de las tecnologías de última generación por parte de los sectores más vulnerables de la sociedad es un aporte significativo a la reducción de la brecha digital, la inclusión laboral y la igualdad de oportunidades.

Creemos que buena parte de la responsabilidad para la expansión de las redes comunitarias está del lado de los Estados. La realidad muestra que son los propios vecinos organizados quienes levantan las redes comunitarias sin mucha ayuda de los gobiernos. Por lo tanto vemos que mientras haya vecinos organizados seguirán surgiendo las redes comunitarias y la región LAC es especialmente fecunda para el surgimiento de iniciativas populares de este tipo. Aún así, es necesario destacar tanto a los actores que posibilitan que surjan las redes, como la falta de compromiso de quienes deberían garantizar el acceso a las TIC.